Crónica Sónar 2011
Barcelona, 16, 17 y 18 de junio 2011.
Hay muchas formas de aproximarse a la música en directo. Desde la devoción a un festival en concreto a la agradable sorpresa de un concierto maravilloso del que no esperabas nada. Nunca hay dos festivales iguales. Nunca llegamos a ellos con el mismo ánimo, con la misma compañía, con el mismo saldo en la tarjeta de crédito. Nuestra predisposición cambia en espera de ese fascinante momento en el que nuestras expectativas son superadas por la realidad. El Sónar es una institución en ofrecer más de lo que esperas. Este año quedará grabado en la memoria como la confirmación de su constancia y su excelencia. Sigue estando lejos de desvirtuarse convertido en un mero reclamo para oídos turistas que quieren creerse cool. Lejos de defraudar la demanda más rigurosa y exquisita. Lejos de empequeñecer su sustancia ante el gigantismo de su reputación. El Sónar es el Faro de Alejandría de los festivales.
Sus campañas de comunicación son ejemplares en cuanto al estimulante diálogo entre cliente y publicitarios, así como producto y consumidor. Su descentralización allende Barcelona es una lección de crecimiento centrífugo de una marca, en contraposición al crecimiento hacia adentro de otros festivales se rozan el colapso por masa crítica. Su imaginativa creatividad sigue generando nuevos subproductos (por ejemplo, Sónar Kids o Sónar Pro) que adaptan su oferta a las necesidades del público. Su organización continua rozando la excelencia, en su inventiva de gestión y en su dinamismo de respuesta ante problemas inesperados. Su capacidad técnica optimiza la experiencia de la escucha de un directo hasta un grado sobrenatural. El público que atrae transmite mutuamente esa percepción de satisfacción y la contagia a sí mismo. El impacto del Sónar en la ciudad se salda como evento prestigioso, deseado y protegido. Por su singularidad amplificada, sigue siendo un evento de primerísimo orden.
De la ingente programación ofrecida este año, entre otros muchos focos de atención que no comentamos, nuestro Sónar particular hizo escala en estos puntos:

Nicolas Jaar. Creíamos que le sería imposible reproducir en directo la suave ingravidez de su disco, pero nos equivocamos. Su juventud no dio el menor atisbo de inmadurez. Acompañado de una banda con saxo, guitarra y batería, desarrolló un concierto memorable, cálido y bien estructurado, donde las canciones alcanzaban matices desconocidos e insospechados.
Daito Manabe. La innovación técnica en música electrónica tiene en estos japoneses la representación de una nueva vuelta de tuerca: electrodos en el rostro que interpretan en sonido las contracciones de los músculos faciales. Una cámara omnipresente frente a ellos hace visibles sus gestos hasta el fondo de la sala. Ruidismo y bases crujientes, que llegan a ser incluso bailables. Tan aparatoso artefacto no está exento de alguna caída de señal. Los apagones creaban pausas involuntarias que nunca fueron tan bien entendidas.
Cyclo. Da igual con quien comparta mesa Alva Noto, él va a lo suyo, a poner a prueba los tímpanos de quien se aproxime a su radio de acción. Esta vez, con Ryoji Ikeda, vuelve a rebasar los límites de sus campos experimentales. En absoluto complaciente, desplegó su tecnocracia de melodías imprevisibles y chisporroteos hirientes. La noche de viernes no empezaba por la senda fácil.
Trentemøller. Decididamente convertido en una superestrella electrónica, el danés asume el rol con responsabilidad. Una puesta en escena sobria en contraste a lo que nos tiene acostumbrados, tan propenso a las omnipresentes antenas parabólicas, centrada esta vez en cerramientos de bandas elásticas que recordaban la bodega de un avión de carga. Vino acompañado de una notable banda, con guitarra, bajo y batería, protagonistas en Into The Great Wide Yonder, y la lánguida vocalista Josephine Philip. Todos ellos con una sensible propensión al show festivo, acabaron dinamitando el Sonar Pub con una interminable Thinking About You.
M.I.A. Había ganas de volver a ver a M.I.A. en vivo. Y fue sorprendente comprobar que continua tirando del carro de sus primeros discos cuando tiene material nuevo bastante interesante. Pero no nos olvidemos que el Sónar Club estaba totalmente abarrotado de incondicionales de la artista y la temperatura ambiente había aumentado considerablemente a pesar de las dimensiones del espacio. Así que hizo muy bien en ofrecer un live de lo más festivalero. Nos llamó la atención que recurriera todo el tiempo a un apoyo vocal femenino, que incluso llegaba en ocasiones a robarle protagonismo. Signo evidente de que la edad no pasa en balde para nadie, pero M.I.A. sigue en forma y defendiendo muy bien sus directos, con toda la algarabía audiovisual y pose anti-sistema habitual en ella. Estamos seguros que aún dará guerra durante mucho tiempo.
Scuba. Hemos de confesar que Scuba nos pilló desprevenidos. Básicamente porque en realidad estábamos esperando el set de Aphex Twin. Y fue una sorpresa bastante agradable. Presentado como uno de los garantes del dubstep, el set que nos ofreció se encaminó más hacia el techno con mayúsculas, siendo en ocasiones muy bailable. Impertérrito en la cabina, quizás por la responsabilidad de actuar antes de Dios, demostró un saber hacer muy digno a los platos.
Steve Aoki. Un desenfadado canalla. Su presencia es garantía de locura incontenible. Nadie como él tan desenvuelto a la hora de revolucionar al personal y llevarlo a dar botes. Techno ácido, gamberro y sudoroso que anticipaba una línea gruesa de acción nocturna encaminada hacia Boys Noize.
Chris Cunningham. Seguimos sin saber con claridad en qué consistía su acting. Dábamos por sentado el marcado carácter visual de su espectáculo y su angustioso concepto del directo. Mientras un músico echa mano de sus canciones él hace lo propio con sus vídeos, encauzándolos hacia una continuidad asfixiante y desalentadora que impone una reflexión de mal rollo hacia quien busca sólo fiesta. Realmente se anotó un tanto revulsivo que haría a más de uno dejar la amplia nave del Sónar Club en busca de terrenos más divertidos en los que no fuera necesario pensar.
Underworld. Después de casi un lustro con el mismo espectáculo en los escenarios de todo el mundo, pensábamos que su directo iba a ser la defensa de su impresionante último disco y que iban a pasar de puntillas por alguno de sus aclamados hits. No podíamos estar más equivocados. Su show fue totalmente lo contrario. Se dedicaron a dejarnos sin aliento repasando todos y cada uno de los apabullantes techno-temazos que los han elevado a la categoría celestial de los grandes nombres de la electrónica universal. Muy a nuestro pesar, pasaron de puntillas por algún tema de Barking, casi como por obligación. Pero obviamente, Underworld son como de la familia, y nos rendimos a sus pies junto al resto de la congregación. La apoteosis llegó con el cierre del show tocando el más que manoseado Born Slippy, que si bien fue una orgía audiovisual en toda regla (miren la imagen) si que podrían haberlo evitado. Pero señores, la gente quería fiesta de la buena, y lo olfatearon muy bien desde el principio. Larga vida al submundo.
Lucy. Otra de las grandes sorpresas de esta edición. Primero y principal, por el estreno del escenario SónarCar, que es una pesadilla de lo más divertida y perversa en concepto y forma (una atracción de feria cargada de connotaciones: el tren de la bruja). El set de Lucy no podía casar mejor con la ubicación donde tuvo lugar. Techno oscuro y contundente, muy bailable y con ganas de animar a la gente que nos reunimos allí. Desde luego, un nombre a tener en cuenta y seguir la pista de cerca de partir de ahora.
Surgeon. En Transistora estábamos entusiasmados con la posibilidad de ver al fin, por primera vez en vivo un set de Surgeon, artista al que admiramos desde hace tiempo. Y afortunadamente fue una actuación que cumplió todas nuestras expectativas. Durante todo su set, y concentradísimo en la cabina, desarrolló atmósferas que iban creciendo muy lentamente, añadiendo sonidos cortantes y mezclados con melodías hipnóticas. Y es así como nosotros entendemos el techno en su faceta más seria y aséptica, sin que por ello resulte en absoluto aburrido o no bailable. Desde luego, conocer en vivo a Surgeon, con esas características de sonido y lugar, fue más que satisfactoria para nosotros. Y pensábamos que no había mejor manera para despedirnos del festival por este año y retirarnos a descansar.