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  • Crónica L.E.V. Festival 2012

    Gijón, 27 y 28 de Abril de 2012.

    Gijón ha sido de nuevo un polo magnético. El L.E.V. afianza su solidez en la que ha sido su sexta edición. Mientras otros festivales miden su éxito en cifras de crecimiento, este lo hace en el reflejo de su estabilidad. Antes que una cita de ocio, el L.E.V. es cultura, y no olvidemos que la cultura está sufriendo un serio varapalo en nuestro país. Al menos, nos queda este foco de continuidad irreductible, donde el rigor de lo ofrecido sigue siendo garantía.

    La coyuntura que le da cabida y la gestión de sus organizadores ha sorteado este año difícil con buenos resultados en la programación. Hemos podido disfrutar de un cartel espléndido en unas condiciones excelentes. La coproducción de Laboral Ciudad de la Cultura y LABoral Centro de Arte y Creación Industrial ha brindado sus espacios habituales al festival, recuperando este año la localización de la iglesia para la instalación de Ryoichi Kurokawa.

    Viernes 27 de abril.

    La convocatoria LEV + Scanner FM para la promoción de nuevos creadores nacionales seleccionó los proyectos de Adyo y JM. Emplazados en la Cafetería de La Laboral, sus directos fueron retransmitidos por la emisora, sirviendo del preámbulo al arranque del festival.

    Ramón Prada, tras el seudónimo Vittus, abrió la serie de conciertos en el Teatro. Piano y violín integrados en texturas digitales minimalistas, perfectamente sincronizadas a las sugerentes visuales de Paul Prudence, cuerdas gráficas y membranas vibrantes.

    Lo que vino después nos dejó boquiabiertos. La austriaca Anja Plaschg, Soap&Skin, es tan excesiva que rebasa lo sublime hasta rozar la repulsión. Como una hermana pequeña de Fever Ray que hubiera sido criada por lobos, su concierto fue una experiencia tan intensa y turbadora que no tiene cabida en nuestros corazones conmocionados. Su brillantísimo talento queda sepultado en esa sordina malrollera, ese cabaret macabro en que adopta el rol de desequilibrada emocional. Sólo le faltó automutilarse con unas tijeras. Son tantas sus virtudes que deslumbrará al mundo entero cuando contrapese esas fuerzas de la naturaleza que se desatan en su voz, cuando el dios salvaje de su genio retroceda un par de pasos desde esa pose de trastorno visceral. Es alucinante haber asistido a la resurrección del Voyage Voyage de Desireless, esa bellísima canción que nunca antes tomamos en serio, redimida esta vez de un modo trágico.

    Sólo vimos el cierre de Old Apparatus de camino del Teatro a la Nave. Héctor Sandoval firmó como Komatsu un directo de techno elegante, en la línea de su trabajo en Exium. Acompañado de las visuales ingrávidas de MFO.

    Ghostpoet dejó a un lado la sofisticación del sonido de su álbum para mostrar una cara más amable y campechana. Junto a guitarra y batería, el británico es la alternativa sinuosa al ejército del hip hop más combativo.

    Prefuse 73 vino a enseñarnos todos, absolutamente todos, los ítems de su disco duro. No dejó desarrollarse ningún track más de 15 segundos y pilló a todo el mundo siempre con el pie cambiado. Con una mano en la papelera de reciclaje de una destructora de documentos, los fragmentos de las pistas salían a la luz en un collage sonoro que abarcaba hasta el infinito. Como si nada le pareciera suficientemente bueno, todo era rechazado de vuelta al cesto. Es tan apabullante la paleta cromática manejada que resulta molesto en la obstinación de su versatilidad. Las visuales de Normaa no tenían gramática alguna, de modo que supuestamente todo encajaba bien en ese universo de cambios constantes, pero Scott Herren también a ellos los arrastró descolocados.

    Byetone es el rey. En su puesta en escena, imagen y sonido son siameses y este señor no se presta a visuales ajenos. A diferencia del marcado carácter experimental de sus discos, en directo es siempre un maestro de la tensión, desarrollando el techno abstracto más apremiante y opresivo. Sin despeinarse el flequillo, nos templó los nervios y los tendones como cables de acero y puso el broche de oro a la primera jornada del L.E.V.


    Sábado 28 de abril.

    Al igual que el año pasado, el festival se abrió al Jardín Botánico de Gijón. Este espacio es una localización hermosa, donde la lluvia resulta un componente más. Las CasiCasiotone, que a priori jugaban en contra de un horario y una climatología adversos, tuvieron la recompensa de un público nutrido que disfrutó de su ductilidad sensible, su adaptabilidad todo terreno a las circunstancias de un directo tan especial. patten, guitarra en mano y micro en dientes, roció de ritmos espesos el lago y no sabemos qué hizo Robert Lippok porque, empapados, nos retiramos a refugio.

    Paula Pin tuvo problemas técnicos que, a fin de cuentas, le vinieron muy bien, cubriéndolos con la explicación conceptual de su novedosa interface, un software que desarrolla música a través de impulsos obtenidos por sensores aplicados a las plantas.

    La instalación de Ryoji Ikeda Data.tecture fue una maravillosa ludoteca para adultos. 5 proyectores SXGA cenitales sobre un tapiz continuo en el que el público podía transitar o tumbarse, inmerso en un mar de datos cibernéticos.

    1024 Euphorie se metieron a los espectadores en el bolsillo con una divertida puesta en escena de su música. Más allá de hacer que las fachadas de los edificios parezcan derrumbarse, el mapping es un mundo lleno de posibilidades que ahora empieza a ser explorado en las artes escénicas. Los franceses Schneider y Wunschel performan entre una proyección oblicua sobre 5 gasas paralelas, obteniendo una plasticidad 3D muy ocurrente y desconcertante. El resultado es un concierto lúdico y jovial que desengrasó el cartel de apuestas más oscurantistas.

    Presumiblemente, ningún oftalmólogo recomendará nunca el directo de Ryoichi Kurokawa. Un magnífico torrente visual de imágenes vectorizadas, irresistiblemente atractivo y, al mismo tiempo, un ejercicio de estrés para nuestras retinas. Música sintética crujiente y adversa, conjugada al figurativismo abstracto de las proyecciones en un conjunto perfecto unitario. Al margen de su concierto en el Teatro, el japonés estaba programado por partida doble con su instalación Rheo: 5 Horizons en el descomunal espacio de la Iglesia.

    Que este fuera el primer concierto de Arbol defendiendo su último disco She Read The Wrong Book debería ser un atenuante exculpatorio. Miguel Marín confundió la elegancia con el aburrimiento en una puesta en escena pretenciosamente sobria y descafeinada, donde sólo se podía cerrar los ojos y descansar la vista tras el maratón de inputs de Kurokawa. Es un poco decepcionante observar que un álbum estupendo pierde atractivo en directo porque no termina de estar bien defendido.

    Como la Iglesia católica o el Fondo Monetario Internacional, Mika Vainio es toda una institución. Eso ya lo sabíamos. Pero las instituciones tienen un punto atemporal que las oxidan por fuera y por dentro. La experimentación con los sonidos más incómodos y el ejercicio de bajos sin clemencia tal vez pueda dar juego a dos décadas de trayectoria, pero llega un momento en el camino en el que chocas con un muro de hormigón. En escenario, Vainio sigue siendo Pan Sonic, más allá de la extinción del mítico dúo en 2009, y basa todo su potencial en una perpetua prueba de fuego a nuestros tímpanos.

    No sabíamos qué formato adoptaban Fasenuova en directo. El punto punk-electropop nos desconcertó un poco y nos hizo dar un paso atrás. Luego Kuedo no nos ayudó en seguirle la pista a la noche. Siempre hemos echado de menos propuestas musicales que indaguen espacios más soleados que esa tendencia generalizada hacia el lado sombrío e intimidante de la mayor parte de la electrónica no comercial. Kuedo podría haber encajado en esa vertiente más optimista, si no estuviera impregnado del aire kitsch y  afectado de Vangelis o Jean Michel Jarre. Las visuales de MFO, como hicieron con Komatsu la jornada anterior, ilustraron perfectamente la atmósfera de la música a la que acompañaban.

    Estábamos cansados y teníamos frío. Nos dejamos en el tintero a Holy Other, Various Production y Anstam.

    El L.E.V. nunca defrauda. Este año ha demostrado que goza de buena salud. En un formato a escala humana, es una plataforma incomparable para disfrutar de una excelente programación, tanto en el aspecto musical como en visuales. En su trayectoria, se ha desmarcado como una referencia de constancia y rigor para los demás festivales, ofreciendo una amplia y acertada panorámica de actualidad. Y no sólo es un lugar en el que conocer nuevos artistas, además es un espacio en el que hacer amigos. 

ARCHIVO RESEÑAS TRANSISTORA